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Carlos Altamirano en la memoria

06/06/2019

Por Henry Saldivar, profesor de Filosofía P.UCV y Cientista Político P.UCCh.

Estuvo en mi pueblo, Illapel. Su porte, su actitud y el tono de su voz eran extraordinarios. Vestía unos pantalones negros y una magnífica chaqueta/parka verde oliva. Acababa de estar en la Unión Soviética y nos relató historias de esfuerzo y compromiso con las que se construía el socialismo en todo el mundo.

También escuchamos alabanzas para Vietnam, un heroico y lejano pueblo, y su querida Cuba con el festivo “Viva Fidel, que nadie puede con él”. Luego las dificultades del gobierno del compañero, el rol de defensa del partido de la revolución chilena –en ese momento no era empanadas y vino tinto- y el complicado futuro frente al sabotaje del imperialismo y la sedición de la derecha.

Aún no sabía que en 1967 Altamirano había escrito un artículo en la revista Punto Final, vinculada al MIR. Era una apología de la revolución cubana. “Aquí nosotros hablamos de partidos políticos; allá ellos hablan del ejército del pueblo. A la antigua lucha electoral y pacífica ellos contestan con un audaz llamado a la lucha armada, revolucionaria, a nivel continental”; o ya anticipando consignas del tipo “político revolucionario es el que lucha por establecer un poder revolucionario; para terminar concluyendo que “Cuba nos ha entregado su respuesta heroica y desafiante. Nosotros debemos hacer otro tanto”. La decisiva influencia de la experiencia cubana en el autor quedaba por primera vez expuesta.

El “hermano” Bernardo Leighton –entonces Ministro del Interior de Frei Montalva- dispuso iniciar una querella por infracción de la Ley de Seguridad del Estado por apología de la violencia. El 12 de septiembre de 1967 el senador Altamirano fue desaforado por la Corte Suprema y sujeto a procesamiento por un ministro de la Corte de Apelaciones.

Entrado el cambio de siglo, lo visité con un amigo común en su casa en Lo Cañas. Un par de horas inolvidables. Le conté que lo había conocido en mi pueblo. “El partido allá es muy antiguo” me dijo en forma aguda: antes que él llegara a dirigir el partido, en Illapel ya había un alcalde socialista. El sobreentendido era largo, si bien lograron instalar el alcalde con uno de los suyos, el Presidente Allende nombró un Gobernador Provincial de reconocida tradición “chetista”, quien de hecho -durante su visita- se negó a abrir las dependencias de la misma para tener una reunión partidaria. Fue el minuto que yo le conocí: afuera de la Gobernación.

“Antiguo” resumía tantas cosas. Era lo que sucedía en el PS antes que él llegara. Aunque comprendí que Altamirano tenía asumido que en la larga historia partidaria el periodo del “revolucionarismo” era una cuestión acotada. Como lo fue después del periodo de la renovación. Antiguo significaba remitirse a la década de los 50. “Yo creo que el mejor Secretario General que hemos tenido es Ampuero”, me soltó de pronto. Me acordé que en 1958 casi tocó el cielo la dupla Allende-Ampuero, si no es porque se interpuso el cura Catapilco. Pero tenía razón don Carlos, Ampuero y Aniceto eran hombres antiguos motejados como “social demócratas”, cuando en los 70 comenzó a brillar la estrella de Altamirano.

Mi generación no asimiló bien la huida de Altamirano y la muerte de Allende. Independientemente de que ambos fueran amigos, hubiese gentileza en el trato y comprensión por el rol de cada cual. La idea que quedo flotando era que Allende pretendía avanzar hacia el socialismo profundizando la democracia en Chile, y en cambio, que el PS de Altamirano pretendía hacer una revolución, avanzando hacia el socialismo real a la sombra del modelo cubano.

Ese matiz explica la división de la UP, ya que los comunistas apoyaban a Allende sin reservas, como un partido electoralista y pensaban que la línea adoptada por los socialistas podría desembocar en una guerra civil. También explica el acercamiento PS-MIR, la constitución de un polo revolucionario y la organización del pueblo en comandos populares. La división del PS y el PC, los partidos más importantes de la coalición fue la grieta que señaló el principio del fin. ¿Tuvo alguna oportunidad Altamirano de avanzar transando? ¿En qué consiste la responsabilidad del liderazgo? ¿O fue un fracasado intento de aprovechar el gobierno “revolucionario” de Allende para hacer una revolución foquista?

Altamirano era un gran escrutador del mundo en el cual se desenvolvió. Podía recitar a unos cuantos intérpretes del marxismo y luego desecharlos, por anacrónicos, insuficientes, o de escaso aporte a las cuestiones principales. ¿Cuál es el mundo que viene? La idea de que estábamos ante un cambio de época lo desbordaba. Hacía grandes circunloquios sobre Chile y su traslapada modernidad. “Aquí se junta todo”, remataba, “la condición pre-moderna en el campo y los suburbios pobres, la condición moderna de la clase media y la hiper-modernidad de los ricos. El PS no está reflexionado sobre esto”, declaraba.

Pensé en el 4 de enero de 1971, cuando él tomó las riendas. El primer Congreso del PS durante el gobierno del compañero Allende: Había un ambiente de conspiración, se hablaba de defensa, y había invitados con armas; Aniceto terminó abandonado el Congreso y el compañero Presidente, encauzó las aguas. Es lo que recordaba del relato que uno de los delegados de Illapel al Congreso le contaba a mi padre en el club liberal del pueblo. “Con Aniceto sólo hacíamos huelgas y elecciones, con Altamirano vamos a hacer la revolución”, decía.

Puede que ese haya sido el significado de “Avanzar sin transar”. Nacionalizar el cobre fue parte de ese espíritu, aún a costa de las previstas represalias norteamericanas. Avanzar era revolucionario.

Altamirano en sus entrevistas y libros sostuvo que la crisis del 73 se debía a varios factores, entre ellos nombró tres principales: Las represalias políticas y económicas del gobierno de Nixon, la política constante de sedición de la derecha y el maximalismo del polo revolucionario en el que se precipitó la izquierda. Agregó dos auxiliares, el obstruccionismo de la DC y el papel conservador de la Iglesia.

Él mismo relató que salió del país, oculto en un doble fondo de un auto preparado por funcionarios de la RDA. Si lo atrapaban lo más benigno habría sido una muerte rápida. Reapareció ante el mundo en la Cuba de Fidel. La primera versión de los hechos por parte de la revolución lo dejó desconcertado: que Allende había muerto luchando en la Moneda con el fusil que le regalara el propio Fidel. Un mito revolucionario que hasta hoy cultivan algunas estirpes urbanas, y que contrasta con todos los informes de expertos tanatólogos internacionales que decretaron definitivamente el suicidio del Presidente Allende.

Se trasladó hasta Berlín, donde el gobierno ofreció un amplio cuartel general a los socialistas. No era Moscú, estaba claro que ese era un espacio privilegiado del PC. Tampoco estaba mal, pero que los alemanes lo espiaran, se metieran en las cuestiones internas y empezaran a favorecer a sus adversarios, lo hartó. Altamirano nunca se sintió cómodo en los socialismos reales en los que vivió. Sus diferencias con los adversarios las mantenía en el Congreso, en los diarios, en las concentraciones. Allí estaba limitado a transmitir una línea política oficial. Un mundo gris, uniforme, lleno de consignas, sospechas de desviacionismos, con la obsesión de lucha constante contra el enemigo interno y externo. Fue demasiado y se fue a Paris.

Había renegado de la clase oligárquica chilena a la que pertenecía por la cuna, transformándose en un socialista revolucionario. Su propia experiencia en el socialismo real lo llevó a reprobar su sistema, lo que en buena medida constituyó una decepción para él.

Clodomiro Almeyda en su calidad de canciller de Allende tenía más amigos y conocidos en el bloque socialista y era sin duda más funcional a los soviéticos que el propio Altamirano. Él lo supo cuando le preguntó a Almeyda, cuál sería la interpretación correcta del marxismo entre tantos exégetas y éste le contestó que era el Instituto de Lenguas Extranjeras de Moscú. La división del Congreso en Argel sería un trámite. Altamirano estaba decidido a buscar ayuda e inspiración en la socialdemocracia europea, dividir al PS y comenzar el proceso de renovación. Muchos serían neutrales en este esfuerzo, la Tencha los apodó “los suizos”.

Renovación significa reforma y en su sentido extremo transformación. La democracia formal y burguesa, comenzó a tener un valor central en el nuevo ideario. Sobre un agitado mar de fondo marxista, se abandonó a Lenin y resurgió Gramsci. Y comenzó un proceso de convergencia socialista que intentaba agrupar a todos los sectores de la izquierda no comunista. A su vera crecieron el feminismo, el ecologismo, las vanguardias culturales, nuevos grupos universitarios, y toda clase de colectivos que compartían el anti-autoritarismo, la restauración de la democracia y el pluralismo ideológico. Ese mismo impulso creó un partido político instrumental para fiscalizar el plebiscito de 1988.

Premunido de la misma elocuencia, declaró en los años 90 que la tarea del socialismo del futuro era humanizar al capitalismo. Nadie de su mundo y más allá, quedaba indiferente ante tales afirmaciones. Al final, Altamirano no tenía partidarios políticos sino ideológicos.
Sus reflexiones sobre Chile, la izquierda y el socialismo son grandes narrativas históricas que están imbricadas con la pasión por la coyuntura. Sus análisis se parecían a grandes frescos murales, donde disponía de los actores, las conductas, los mensajes, la derrota, el triunfo, y el significado de las luchas. Esto se revela en los tres libros que inspiró a distintos autores: Politzer, Dinamarca y Salazar.

Son entrevistas donde es interrogado en profundidad y destaca el político, el visionario, el analista. Su idea de que Arturo Alessandri y Carlos Ibañez del Campo, marcaron la historia de Chile hasta Allende, es clave para entender sus propias pulsiones, entre un oligarca que desciende a las luchas populares, el tono imperativo de su voz para conducirlos, la visión para aunarlos y lo vulnerable de su construcción. Así fue con la revolución y puede que un curso similar haya seguido la renovación.

Su última polémica, ya retirado, fue haber criticado su propia obra: su crítica a algunos dirigentes que él formó o inspiró, por sus prácticas ajenas a la de un partido de trabajadores. Dijo que se abusaba del concepto de renovación, adoptando posturas que calificaba de “liberal”: La connivencia teórica y práctica con un modelo que no se atreven a cuestionar, la falta de narrativa alternativa, la pérdida de conexión con las bases y el acomodamiento general a un estilo de vida, consumista, individualista y competitivo. Una crítica ilustrada, informado sobre el mundo que vivía y sus principales tendencias, tamizado por sus propias convicciones y obsesiones que hacían de su figura un viajero incansable por los laberintos de la realidad.

Aristóteles sostuvo que los seres deben ser juzgados por su plenitud y por esto mismo es anterior la gallina al huevo. Es verdad que Altamirano es culpable, junto con otros, de tomar decisiones que nos llevaron a un desenlace trágico. Pero fue capaz de salvarse, retomar su liderazgo y enfrentar al PS del exilio a una opción decisiva sobre el lado del muro de Berlín en que había que estar. Almeyda eligió Moscú, entonces Altamirano optó por París. Allí encontró los pasos perdidos del socialismo fuera de la democracia, y se propuso la más colosal renovación del Socialismo desde la fundamentación teórica de Gonzalez Rojas en el año 1947. Al cabo de una década sus ideas eran dominantes en la izquierda concertacionista.

En 1993 volvió a Chile y sus seguidores estaban en las altas esfera de la vida pública. Sin embargo, buscó aplacar el rencor de sus eternos adversarios y el desengaño de sus adeptos, con un gesto que se transformó en una gran renuncia en la plenitud de su madurez, y se retiró de la vida política. Altamirano llegó a su cenit.