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Chile: del extractivismo a la neurona

11/06/2018

En síntesis, un modelo económico con mucho extractivismo, pero poca investigación e innovación científica.

Es un lugar común escuchar acerca de la necesidad de contar con políticas públicas e inversión en innovación, ciencia y tecnología. De hecho el pasado 13 de agosto se publicó en el Diario Oficial la Ley 21.105 que crea el respectivo ministerio, tras un año y medio de tramitación. Sin embargo, pese a esa importancia declarada, aun no se nombra a la ministra o ministro del ramo. Rara urgencia.

Otra cosa que llama la atención más allá de los discursos, seminarios, congresos y comisiones varias al respecto, es la constatación de que hay mucho ruido, pero muy pocas nueces. ¿En qué se puede apreciar aquello? En que siendo Chile “potencia minera” no tiene ningún instituto o centro de investigación de ese estratégico mineral. Lo mismo sucede con el Litio, la industria forestal, pesquera y frutícola. O sea, uso intensivo de recursos naturales, pero poca ciencia e innovación para agregarle valor.

Lo mismo sucede en el ámbito tecnológico: seguimos siendo fieles compradores de tecnologías y softwares extranjeros, por las cuales pagamos millonarias patentes y licencias, cuando en nuestro país hay capacidad profesional de sobra para hacerlas nosotros mismos.

Lo curioso es que la necesidad de avanzar en ciencia, tecnología e innovación está en la base de los argumentos que, por décadas, ha esgrimido la Direcon -que es una suerte de Ministerio de Comercio que dirige el Ministerio de Relaciones Exteriores- para que Chile suscriba una ininterrumpida cadena de tratados de libre comercio.

Sin embargo, es paradojal que pese a toda esta retórica e intensa agenda tratadista, no son pocos los que recuerdan que mucho antes del auge de la “economía abierta” y de los TLCs Chile era, por ejemplo, pionero en producción de vacunas, a diferencia de hoy, donde todas se compran en aquellos países que, generosamente, han bajado sus aranceles para nosotros.

Otras preguntas capciosas al respecto tiene que ver con el destino de los recursos del denominado royalty minero, que van a un fondo de la innovación que, por lo menos donde se sabe, no se invierten en darle valor agregado al cuprífero sueldo de Chile.

¿Qué explica lo anterior y muchos otros casos? En que por muchísimo tiempo, incluyendo la noche de la dictadura y el largo camino transicional, entre los objetivos de las principales políticas de Estado no ha estado el desarrollo de la ciencia y la innovación, sino el sacrosanto crecimiento económico y el incremento de la productividad. O sea, producir y vender más, para dinamizar una economía nacional que permitiría contar con los recursos para financiar programas sociales y hasta “chorrear” un poco. De investigación y valor agregado poco, casi nada.

El problema ha sido que, inevitablemente, el mejoramiento del acceso y la permanencia en el sistema educativo, han posibilitado que más niñas y niños mejoren sus conocimientos y puedan acceder a una formación superior que, en muchos casos, los acerca e interna en el maravilloso mundo de la ciencia. Así, cada vez más jóvenes ganan becas en el extranjero, publican en importantes revistas y se atreven a inventar.

Sin embargo, la mayoría de esos casos termina chocando con el consabido muro de la falta de recursos que hace que al final se terminen frustrando muchos proyectos y sueños o, en el peor de los casos, esas capacidades terminen poniéndose al servicio de capitales privados legítimamente más preocupados de sus utilidades que del bien común.

Por eso, la creación del Ministerio de Ciencia parecía abrir nuevas ventanas para que entraran los aires del siglo XXI a nuestra sociedad, cultura y economía. Pero no. Contra todo pronóstico, hemos visto como cada año se reducen las becas y se recortan los presupuestos para la ciencia, la tecnología y la innovación, generando impotencia entre los científicos.

Y no es que a los chilenos no les interese la ciencia. Ahí está la charla del profesor José Maza en la medialuna de Rancagua reuniendo más gente que varios equipos profesionales de fútbol. O la primera astrónoma chilena María Teresa Ruiz, cuyo ejemplo y trabajo ha sido objeto de reportajes, documentales y próximamente de una serie de Disney para motivar a las niñas a adentrarse en la ciencia.

Pareciera, tal como también ocurre en otros casos, que el problema no es solo de mayores recursos financieros, sino de ausencia de una política nacional sobre estos tópicos, pero sobre todo pareciera tener que ver con el modelo político y económico que por décadas ha dominado a nuestra sociedad.

En síntesis, un modelo económico con mucho extractivismo, pero poca investigación e innovación científica. Un modelo que, la verdad, no necesita de la ciencia, aunque existan recomendaciones como la que hizo el secretario ejecutivo de la OCDE, Miguel Angel Gurría, sugiriendo que Chile debía pasar “del cobre a la neurona”.

Lamentablemente, hace décadas que la dicotomía siguen siendo la misma: en que todos sabemos o intuimos que debemos avanzar en dar mayor valor agregado a “nuestras” exportaciones, como lo han hecho muchos de los países con los que nos gusta compararnos. Pero ese momento nunca llega.