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El desafío de nuestra sociedad es buscar soluciones a su propia desigualdad

05/02/2020

No todo está perdido aún.

La crisis de salud que impacta al mundo y como tal a nuestro país, es un drama que demuestra las falencias del sistema que hemos creado entre todos y las carencias a las cuales los más pobres se enfrentan día a día, con grados de vulnerabilidad que no cumplen con niveles mínimos de justicia social.

No tiene nada de técnico. En la realidad, una persona que tiene acceso y oportunidad de contratar la salud privada tienen mayores posibilidades de sobrevivir; quien va a un colegio particular tiene profesores que en promedio poseen mejor capacitación e infraestructura con la cual trabajar y estudiantes que poseen mejor conexión digital y capital cultural; aquellos que viven en viviendas de tres pisos o con 4 ó 5 habitaciones tienen mayores posibilidades de concentración para laborar, así como menores riesgos de roces y peleas al interior del hogar. El listado es largo y no vale la pena traerlo nuevamente a colación.

Las consecuencias de esta pandemia la están pagando los trabajadores. Sobre todo los más vulnerables; los estudiantes de colegios públicos que no siempre cuentan con Internet; los viejos que deben hacer fila para obtener una pensión miserable o los remedios que les entregan.

Necesitamos en forma urgente cambios profundos para una sociedad que está despertando y entendiendo finalmente que lo construido en los últimos 30 años tampoco es la panacea aunque claramente tenga más libertad y acceso a la modernidad.

El encierro debería dar la oportunidad de leer, pensar, aventurarse en encontrar nuevos caminos para la construcción de más justicia.

Un ejemplo concreto, importante y capital, que no todos han terminado de entender, es la opción de elaborar una nueva Constitución entre todos y todas. Eso no significa que se vaya a barrer con un Estado ni instaurar una dictadura del proletariado. Significa la oportunidad de hacer presente demandas justas, diversas y aterrizadas que den un giro importante para Chile.

La digitalización

El principal cambio que enfrentamos no es solo político o económico. Es cultural. Ya no basta que la discusión sea entre los defensores y los detractores de un modelo político de sociedad u otro.

No sabemos aún cómo se denominará la época que comienza alrededor de 1990. Ni siquiera podemos asegurar que ese será el momento en que la historia reconocerá un cambio de época, como la revolución francesa acabó con la edad moderna. Tal vez la conozcamos como la era de la digitalización,  de la tecnología, o de la aceleración tecnológica. La madurez de los años lo dirá. Pero es interesante comenzar a ponerle nombres. Muchas han sido las revoluciones tecnológicas que  no alcanzaron a forjar una verdadera revolución mental o intelectual. Resulta ineludible acompañar la explicación de la revolución tecnológica con una revolución mental, aplicable a tamaño cambio de nuestras formas de vida.

El ser humano asiste a un verdadero cambio en el cual el trabajo se enfrenta de forma diferente y donde, al igual que los diversos cambios tecnológicos de la historia, el proceso repercute en la disminución de la cantidad de empleo que se necesita para rodar como sociedad.

Este suceso, mezclado con el problema coyuntural que representa la pandemia nos demuestra dos grandes aspectos que es importante poner sobre la mesa: asistimos a una época donde los problemas son globales y requieren cada vez más la participación de todos para encontrar soluciones que también sean globales; y dos, se pone en juego nuestro entendimiento intelectual respecto de que los avances en ciencia y tecnología nos llevan irremediablemente a la necesidad de que busquemos respuestas permanentes y sustentables para los sectores de la población que no tienen acceso, igualdad de oportunidades, ni posibilidad de mantener el paso frente a dichos avances.

La alternativa a no encontrar esas respuestas resulta, como en muchas ocasiones de la historia, aterradora para los que sí logran mantenerse a la par del cambio: la posibilidad de una crisis social de los sectores más desposeídos. El desafío de nuestra sociedad es buscar soluciones a su propia desigualdad. De lo contrario, continuaremos asistiendo al despertar de los hambrientos, de los sin casa, de los sin empleo. Ese despertar que muchos temen pero para el que pocos buscan opciones de respuesta.