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La élite y su desconocimiento de la bronca

10/18/2019

Esta semana se comenzó a hablar nuevamente de desobediencia civil. Debo reconocer que es un concepto que me encanta. El desobedecer tiene un aspecto romántico pero al mismo tiempo racional, una transgresión que resulta muy necesaria para conseguir por vía del desacato transformaciones sociales que de lo contrario no ocurrirían jamás. Es una desobediencia que busca un cambio social. Se hace en forma pública. Es un desacato consciente.

Esta semana, el alza de los precios del transporte público en Santiago desataron una ola de manifestaciones que han provocado las más diversas reacciones. Evasiones masivas al pago de pasaje por parte de grupos aleatorios, anónimos pero firmes, han tenido a mal traer al metro de Santiago, e iniciado una discusión pública enorme desde las páginas editoriales de los diarios hasta los chat de Whataspp.

El concepto detrás de esta discusión es la bronca. Y sobre todo, el nivel de bronca que existe en amplios sectores de la ciudadanía. Pero lo más grave no es el hecho de que no se haya tomado en cuenta esta bronca. Lo que parece más complejo es el hecho de que se desconozca su existencia. Porque sólo así se entiende que un ministro haga comentarios del estilo de que el cambio tarifario (que aumenta horas punta y disminuye en horarios de menor demanda) favorecerá a quienes madrugan.

La bronca que hemos visto desatada ha sorprendido a la élite, pese a que los indicios venían desde hace un tiempo.

Como siempre, la coyuntura y el efectismo se ha tomado el debate. El concepto de desobediencia civil, si los evasores son delincuentes o gente comprometida socialmente, si hay que aplicar ley de seguridad interior del Estado o no, es lo que está tomándose la discusión.

Pero de la bronca, poco o nada. Parece difícil entender que la élite no se le meta en la cabeza que un alza de transporte público no es entendible para la ciudadanía que se transporta todos los días en el Transantiago, una política pública que no sido exitosa, que ha tenido muchos errores, que ha costado miles de millones a todos los chilenos y chilenas.

Menos entendible resulta que el gobierno insista en elementos como la reintegración en su proyecto de reforma tributaria, la cual provocaría la baja de los impuestos a quienes más ganan, en 800 millones de dólares anuales aproximadamente, mientras por otro lado se aumenta el pasaje del metro.

Todavía menos entendible resulta el formato de transporte público para el gran Santiago, cuyo pasaje se fija a través de un panel de expertos, cuya licitación está postergada, cuyas líneas nuevas tienen cada vez menos personas trabajando y cada vez más máquinas para auto servicio.

Un día de agosto en Santiago, con motivo del alza del valor del transporte colectivo, los estudiantes salieron a protestar en las calles, apoyados por empleados y trabajadores. Desórdenes, micros destruidas, protestas generalizadas. Esto, que puede sonar muy actual,  ocurrió hace 70 años. Hablamos de lo que se conoce como la revolución de la chaucha o revuelta de la chaucha, en agosto de 1949, en Santiago, con motivo del alza en 20 centavos de peso (una “chaucha” como se conocía en Chile). Tras múltiples desórdenes, que provocaron incluso heridos y muertos, dos días después se daba marcha atrás al decreto de aumento del transporte y se rebajaba el transporte escolar. ¿Tiempo pasado?

El transporte público, que recibe subsidios, debe incorporar mecanismos de estabilización de precios. Resulta verdaderamente imposible pedirle a una familia que vive de un sueldo mínimo que tenga que destinar una fracción tan importante de sus ingresos (poco más de 10%) al transporte. Más aún en el caso de esta desempleado y tener que salir a buscar trabajo.

Sea una “chaucha” o sean 30 pesos, la percepción es parecida: que los mismos que antes preferían el carruaje o el automóvil a la micro, hoy tampoco tienen tarjeta bip¡. La desconexión de la élite (que hace políticas públicas de transporte, que hace leyes, que debe fiscalizar) con los paraderos paupérrimos del Transantiago o las latas de sardinas en las que se transforma un vagón de Metro, sigue siendo uno de los principales problemas del Transporte en la capital. Lo peor es que la historia es cíclica: seguirá siendo ese el problema.

La conclusión más triste es que nuestra élite -la que toma las decisiones- no tiene el contexto, ni el conocimiento, ni la experiencia diaria para dimensionar lo que pasa en las micros y Metro de Santiago.