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La extrema derecha es un desafío para la democracia

04/27/2019

“¡Si defender la familia es de ultraderecha, fantástico que seamos de ultraderecha. Si defender a nuestro glorioso gobierno militar es ser de ultraderecha, lo somos. Si tener nuestras convicciones claras y somos de una sola línea y no traidores y por ser así nos tratan de fascistas y ultraderecha: ¡bienvenido es! Somos fascistas y de ultraderecha”.

A diferencia de las múltiples exageraciones, inventos o sencillamente mentiras que se han ocupado en las redes sociales en los últimos años, el párrafo que antecede a este es un mensaje real, concreto y convencido del diputado ex UDI Ignacio Urrutia, en su arenga durante la celebración del año de vida de Acción Republicana, la agrupación política de José Antonio Kast.

Colocarla acá no es para recordar los horrores del fascismo o plantear cómo es posible que se permita algo así. Porque se permite.

El punto es otro. Es la advertencia. Este mensaje, que podríamos pensar desterrado del vocabulario democrático, ya no está latente ni oculto, sino presente y explícito en el escenario público.

La extrema derecha ha conseguido su espacio en países europeos y asiáticos. En forma democrática. Y es este último aspecto el que más debe preocupar a los demócratas del mundo. Qué es lo que lleva a que, en una sociedad del siglo XXI, donde está clara -o debería estarlo- la importancia de la democracia, un grupo mayoritario de votantes decida escoger una opción que está en contra de la migración, de los derechos de la mujer, que se estaciona en el discurso fácil y nacionalista, olvidando que es parte de un mundo cada vez más interconectado.

Acción Republicana existe. Sus términos para ocupar espacio en el escenario político parecen claros: Tradición, familia, Gobierno militar, conservadurismo…y sentido común. Cuidado ahí.

Efectivamente, porque tras ese “nacional populismo”, como ha denominado el ex canciller y senador PS, José Miguel Insulza, se esconden todos los tópicos observados anteriormente, pero también una peligrosa dosis de entendimiento de la temperatura de la sociedad.

La extrema derecha se alimenta ineludiblemente del miedo, al migrante, al avance efectivo de las minorías sexuales en la consecución de sus derechos, a la justa demanda de la mujer por más poder en las diversas esferas de la vida cotidiana, y en general a todo lo diferente que cause un cambio al orden establecido.

En muchos casos, esta alimentación del miedo es parte del inconsciente de la misma sociedad. El miedo al migrante que puede ocupar mi puesto de trabajo; los temores a que a los jóvenes “se les transmita” por epidemia inexistente o “moda cultural” el gusto de una minoría sexual; que la mujer avance en demandas tan absurdas como igual salario ante igual trabajo.

Hemos escuchado desde hace años de la desconfianza hacia las instituciones y nuestros representantes. La desconfianza también puede ser alimentada desde el miedo. A que nuestras instituciones y representantes nos engañen, a que olviden el mandato que les hemos dado. Y con la permanente intención del “partido del miedo” en ese desprestigio, continúa creciendo sin freno.

El principal desafío entonces para quienes vemos el avance de la extrema derecha no es quejarse de lo que piensan. Es revalorar la democracia, explicar -tal vez contra culturalmente- a la ciudadanía que la migración y los derechos de la mujer o de las minorías son necesarios para una sociedad más justa. Y que las instituciones son la forma como hemos estructurado nuestro pasado, presente y futuro.

De lo contrario, la batalla está perdida. Y la pérdida puede ser grave, pues es la democracia de 2.500 años la que peligra. La que garantiza libertad de expresión, reunión, asociación, y no solo el gobierno de la mayoría, sino el respeto de la minoría y de los que piensan distinto.

Los partidarios de la democracia somos los que tenemos el desafío.