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La vigencia de “El Cuento de la Criada”

09/02/2019

Que empieza su tercera temporada, que sale su secuela literaria… la verdad es que “El Cuento de la Criada” nunca deja de ser tema. La pregunta es el porqué libros de este tipo, con un futuro distópico, dictatorial y catastrófico sigue causando barullo y continuaciones en papel y pantalla, a más de 30 años de su publicación.

Sea porque Gilead -donde transcurre la acción- no es sino el infierno puritano que todo liberal tiene miedo de llegar a padecer, sea porque la mujer aparece reducida a un exclusivo rol de procreación imposible de pensar hoy en día, El Cuento de la Criada resulta a ratos alucinante dentro de su sobriedad. De hecho, su protagonista, Defred, es un personaje absolutamente reconocible (al menos en su pasado), común y corriente, pero que sufre el final de su mundo ideal y la transformación de este en uno distinto. Distinto, pero terrible.

El Cuento de la Criada apunta a uno de los temores más profundos del ser humano: la falta de libertad, que a lo largo de la historia -literaria o no- ha sido un tópico permanente. La atmósfera de represión, la ausencia de sentido, se mezclan con personajes opacos, grises, asfixiados por un día a día mecánico.

El Cuento de la Criada es un hijo de la Guerra Fría también. Pero sobre todo, es hijo del miedo, que se puede palpar en sus páginas. Miedo al sinsentido, a la opresión, y por supuesto, como toda distopía, a un futuro peor. El texto resulta una predicción de lo que vendría después en múltiples series animadas, de televisión o películas que exploran diversos mundos apocalípticos cuyo inicio de alguna manera permanecen también en duda.

El uso del enemigo islámico como excusa para la llegada al poder de fanáticos teocráticos como forma de solución política son un elemento fundamental en el sentido del miedo. El terror al otro, al invasor, al diferente, que caracterizan al fascismo y el populismo en diversas partes del mundo, en diferentes épocas de la historia, se observa en forma tan nítida como la opresión a la mujer que Margaret Atwood relata muchos antes que los tiempos del #MeToo.

Los flash backs permanentes nos llevan a conocer y vislumbrar el pasado de la protagonista que provoca a ratos el relajo de volver a un mundo mejor que ya no está. Pero al tiempo se provoca la tensión de conocer el momento en que dicho mundo se irá a la mierda para convertirse en el actual Gilead de la novela.

Ah. Y obviamente, esto solo lo entenderán quienes hayan leído la novela, este es uno de aquellos libros donde el final -no haré spoiler- es absolutamente imprescindible. Y si quiere saber las respuestas que puede surgir a propósito de aquel final, recuerde que el mes pasado se publicó Los Testamentos, la secuela que Margaret Atwood acaba de presentar en sociedad.