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Los niños no están primero

03/19/2019

Por Javiera Riquelme @la_mujer_metralleta

Al dar mis primeros pasos fue cuando vi, por primera vez el signo de violencia: era mi madre sollozando a contra luz en la cocina, entre balbuceos me comentó lo que cocinaba, secándose las lágrimas y mezclándolas con la espuma del lavalozas. Recurrí a papá para pedir explicaciones, estaba estático en el único sillón, hipnotizado en el televisor, con el ceño fruncido, respondiendo que ella se lo buscaba.

En casa la violencia solo incrementó, si alguna vez fue física jamás lo logré ver, pues mi madre era experta en excusas. Al parecer ella corrió “mejor suerte” porque si bien hemos avanzado en muchos aspectos, hoy en 2019, en pleno siglo XXI, lloramos 11 femicidios consumados y otros 21 frustrados, es decir, uno por semana, y solo hablo de Chile.

Era 1999, acababa de cumplir los 7 años y mi entorno era más hostil que de costumbre, los problemas económicos, los vicios del jefe de familia, una madre que se dedicó a sus hijos y al trabajo mermó la felicidad familiar, esa que salía en la tele y que envidiaba tanto; tuve que convertirme en una niña kamikaze para evitar un desenlace rojo, que se podía dar en cualquier escenario, en cualquier lugar, pues los ingredientes para la tercera guerra mundial era muy pocos.

De aquella experiencia me acordé al leer el Informe Anual de Femicidio 2017, Circuito Intersectorial de Femicidios, que es elaborado desde el 2010 en conjunto por el SernamEG, la Subsecretaría de Prevención del Delito, Sename, Carabineros, PDI y Servicio Médico Legal, donde consta que de los 44 femicidios ocurridos en ese año, en el 61% de los casos había menores de edad, que no lograron detener al monstruo.

De un día a otro se convirtieron en niños huérfanos, totalmente desamparados de sus dos figuras más importantes: De su madre, mujer, hija, amiga y compañera asesinada por su padre, por alguien que debía proteger a la familia, haciendo todo lo contrario.

Según el mismo estudio, el grupo etario de los niños y niñas, hijos de mujer víctima de femicidio corresponde desde los 7 hasta los 17 años en casi la mitad de los casos. Esta escalofriante realidad se da en pleno desarrollo como personas, estudiantes, amigos y futuros miembros de una “familia”. El estudio también muestra que el 36% de los casos se trata de un hijo en común con la víctima, mientras el 29% es hijo o hija de la víctima y un poco más del 16% es hija o hijo del agresor.

¡Maraca! escuché decir a papá en medio de la mesa, en plena once y explotó, una vez más, la violencia desatada contra todos los que estábamos presente. Alejé a mamá del alcance de sus colmillos y manos dominados por la ira y decidí salir con ella del mismo infierno. No así los 190 niños, niñas y adolescentes que entre los 2015 y 2017 perdieron a su madre a manos de su padre — quien tiene la decisión y la oportunidad de suicidarse o ir preso— quedando al cuidado de familiares, familiares lejanos, quedando abandonados o engrosando la larga lista de los “niños del Sename”.

Esto es una de las muchas consecuencias de este tipo de casos. Las personas que toman la responsabilidad del cuidado de los menores, aparte de la contención emocional que deben hacer, muchas veces resienten su situación económica por falta de apoyo del Estado, a diferencia de lo que ocurre en otros países de la región y del mundo, donde existen verdaderas legislaciones que contemplan la reparación para los hijos e hijas de las mujeres víctimas de femicidio.

Sin duda, la violencia deja huellas en cualquier nivel, pues en 2018, la Subsecretaría de Prevención del Delito entregó su tercera Encuesta Nacional de Violencia intrafamiliar contra la Mujer y Delitos Sexuales 2018, indicando un aumento significativo, pasando de un 16,8% a un 20,2% en el maltrato psicológico por sobre las agresiones físicas. Estas encuestas las tenemos hoy pero no así hace 20 años, cuyo dolor las generaciones jóvenes seguimos arrastrando.

Debo dar gracias por no formar parte de las cifras. ¿Gracias a quién?