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Poesía con una esquina rota

05/17/2019

A 10 años de la muerte de Mario Benedetti, el uruguayo de Paso de los Toros, poeta, dramaturgo, ensayista, cuentista y novelista, el columnista Javier Sánchez nos ofrece esta artículo, redactado pocos días después de su muerte. Tras una década, el homenaje de http://@jota_ese_ continúa con la misma vigencia, vigor y pasión por su literatura.

El pasado 17 de mayo murió Mario Benedetti.

Y aunque Eduardo Galeano dijo que “el dolor se dice callando”, parece imposible no tratar de borronear unas cuantas letras aficionadas para expresar algo ante la partida de un maestro de las palabras como Mario Benedetti.

Y aunque da vergüenza tratar de escribir algo sobre él, cuando él lo habría escrito mil veces mejor y con las mismas palabras sencillas y comunes que todos usamos, vale la pena hacer este intento de homenaje a un hombre, un escritor y un ser humano que sin darnos cuenta ha ocupado, al menos en el caso de mi generación, la mitad de nuestras vidas.

Porque Benedetti no es sólo La Tregua mil veces leída con la terrible y hermosa historia de Laura Avellaneda y Martín Santomé, ni las Cotidianas, ni el poema al Ché, ni el Cumpleaños de Juan Angel, Montevideanas, Poemas de Hoy por Hoy, Despistes y Franquezas, los Inventarios I, II y III, Con y sin Nostalgia, Pedro y el Capitán, Gracias por el Fuego o El Amor, las Mujeres y la Vida o el poema a Allende.

Es eso y mucho más.

Porque no importando si lo que escribía eran poesías, crónicas u obras de teatro, lo relevante es -como escribió alguien en el diario El País de España- que Benedetti trataba al lenguaje como un espacio público al que todos teníamos y seguiremos teniendo acceso. Un espacio común, para personas iguales, donde no hay héroes, sino que hay personas comunes y corrientes sacando -a veces de manera heroica- lo mejor de sí, de su dignidad humana.

Así fue también la vida de Benedetti.

Y por eso para mi generación, que creció escuchando a Nacha Guevara cantando “si te quiero es por que sos, mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos…”, o leyendo el poema “puedes contar conmigo” Benedetti es parte de los nutrientes vitales de nuestro crecimiento.

Porque cuando uno lee su propia historia, de cuando debió huir de Argentina, cuando fue expulsado de Perú con lo puesto, cuando fue acogido en Cuba y de su relación indestructible, aún en la distancia, con Luz -su compañera de siempre- entiende que no sólo escribió lo que imaginó o soñó, sino fundamentalmente lo que vió en las calles y lo que vivió personalmente. Y por eso se parece a nosotros y a muchas de nuestras propias historias, especialmente bajo las dictaduras.

Y a diferencia de muchos otros Benedetti fue siempre abierta y honestamente un militante de la izquierda. No sólo del Frente Amplio, sino del socialismo latinoamericano. Tan socialista que nunca escondió su amistad sincera con Cuba y su revolución más allá de las conveniencias. Porque hizo de los derechos humanos, el exilio, el desexilio, la tortura y la desaparición no sólo un tema de dolor o duelo, sino una razón más para celebrar la sobrevivencia como muestra indiscutible de la derrota de tiranuelos, esbirros y asesinos y del triunfo de la vida, de la dignidad humana sobre y pesar de todo.

Para quienes aún somos capaces de ver el mundo de manera crítica, es decir creyendo que es posible hacer las cosas de mejor manera y para beneficio de todos y no conformándonos con ser ovejas del capitalismo en cualquiera de sus versiones, Benedetti es también un referente que nos alimenta de argumentos y razones para seguir siendo rebelde. Con él aprendimos, como dice en su poema Despistes y Franquezas que “la fiesta no perdona al aguafiestas”.

Y con él reforzamos nuestra convicción y decisión de ser aguafiestas del exitismo, del consumismo, del conformismo y del derrotismo de aquellos que creen que ya no es posible cambiar el mundo.

Se nos fue Mario Benedetti -algún maldito día tenía que ocurrir- pero nos quedan sus maravillosas obras, cercanas, abiertas, amigas.

Seguramente muchos ni siquieran saben quien es Benedetti y nunca (lástima por ellos) leyeron uno solo de sus libros. Algunos se lo habrán perdido por ser muy jóvenes o muy viejos, otros por negarse a la mirada común a la parte vacía del vaso latinoamericano y mundial.

Por eso, a partir de hoy, para evitar que se convierta en Dios, pero también para evitar que sea olvido, quienes leemos una y otra vez a Benedetti y lo seguiremos haciendo por siempre debemos ser capaces de mostrar, enseñar y compartir a las nuevas generaciones sus palabras sencillas y mágicas, para que se encanten, para que se emocionen, para que se las aprendan y para que las vivan al igual como nosotros lo hicimos alguna primera vez.

Mientras tanto, mientras no seamos capaces de cumplir con esa misión, la poesía seguirá teniendo una esquina rota.