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Sobre anacoretas y náufragos sociales

08/05/2019

Es imprescindible recordar la columna de este domingo de Carlos Peña.

Es imprescindible porque rescata un hecho que nuestra élite parece querer olvidar.

El rector de la UDP es preciso: “Lo más notorio de todo lo que se ha sabido de Renato Poblete —descontada su conducta abusiva y, al parecer, perversa— es la soledad y el aislamiento en medio del que vivió. Era un anacoreta, un náufrago social”.

Lo anterior es una ironía. Pero una ironía que tiene todo el sentido del mundo. Poblete no fue precisamente un ermitaño. Fue un sujeto que aparecía en páginas sociales, concurría a las comidas de pan y vino -que de hecho organizaba- y en fin, fue un hombre público, con múltiples contactos en el mundo político y sobre todo, empresarial.

Es por eso que resulta poco creíble que todo de lo cual se ha terminado por acusar a Poblete haya estado en el más profundo desconocimiento. No es plausible.

Desde el surgimiento de acusaciones por abusos en los más diversos planos, la sociedad chilena ha pasado desde la autodefensa corporativa a la duda razonable para terminar en una fuerte actitud de sospecha. Esto es claramente un riesgo, que se debe tener en cuenta al momento de escuchar dicho tipo de acusaciones.

Pero la cautela no debe dejar espacio al oído sordo o a la ceguera con la cual un eventual testigo se desliga de su historia. No podemos instalarnos en el silencio cómplice. Poblete, Joannon, Karadima, son casos que nos enseñan como sociedad que son muchos quienes en algún momento escucharon relatos u observaron situaciones que no denunciaron o ni siquiera se detuvieron a analizar.

Ninguno de los mencionados era un náufrago social. Se trataba de sujetos públicos, idolatrados en algunos casos, respetados en otros, que distaban diametralmente de constituirse en un anacoreta dispuesto a la contemplación encerrado en un monasterio.

“Solo la verdad os hará libres”, dice el evangelio que propugnan estos seudo anacoretas. Las acusaciones por abuso, que hoy abundan, son una muestra de que la transparencia llegó como pilar fundamental de la realidad y debe acompañar el devenir político, económico y social de aquí en adelante. Recordemos que no es primera vez que Chile se ve enfrentado a este silencio cómplice. Las violaciones sistemáticas contra los Derechos Humanos son una mancha negra en nuestra historia, y el silencio y ocultamiento son características que aún priman en este proceso.

Las agrupaciones que cumplieron un rol en su momento son el reflejo de lo que ocurrió con los primeros acusadores contra los abusos eclesiásticos: No fueron escuchadas por años, se les juzgó, se les condenó, pero lograron salir adelante gracias a un actuar serio, responsable y doloroso.

Los crímenes de la dictadura contaron también con cómplices pasivos al igual que con protagonistas. Y a ambos se les juzga y se les exige el mismo elemento: la verdad. Verdad para que haya justicia.